La "puñetera" sordera de Buñuel, según sus propias palabras

 
 

Cine

l1974, rodando El fantasma de la libertad. Buñuel (dcha.) con su audífono y su antiguo productor Serge Silberman, y la estrella italiana Monica Vitti. (Fuente: Luis Buñuel: A Life in Letters (Bloomsbury)


Con las propias palabras de Buñuel como prueba (contenidas en esta obra, «Luis Buñuel: correspondencia escogida», en la edición española) y la ayuda del eminente académico de audiología de la Universidad de Manchester Kevin Munro, el redactor-jefe de Audio infos Reino Unido, Peter Wix, ha hecho un retrato de la salud auditiva del gran surrealista.

Y es que la dimensión creativa de este director es impresionante: siete de los títulos de la encuesta de la crítica de Sight & Sound de 2012 sobre las 250 mejores películas de todos los tiempos fueron dirigidos por el surrealista español Luis Buñuel (1900-1983).

Tal vez la ironía más cruel de la vida de Luis Buñuel, cuya obra nos hizo desafiar lo que nos dicen nuestros sentidos, fue la pérdida de su propio sentido del oído. A pesar de las creencias iconoclastas que le llevaron a él y a sus compañeros surrealistas a atacar al establishment burgués, el joven Buñuel era un amante de la música del repertorio clásico occidental. Beethoven, Debussy, Franck, Schumann y Wagner eran sus favoritos. Tocó el violín en su juventud, y luego el banjo cuando era un joven residente en París.

En el momento de escribir su autobiografía (de hecho, redactada por su antiguo guionista Jean-Claude Carrière), se quejó: «Una de las mayores tragedias de mi vida es mi sordera, ya que hace más de veinte años que no puedo oír las notas. Cuando escucho música, es como si las letras de un texto cambiaran de lugar unas con otras, haciendo ininteligibles las palabras y confusas las líneas».*
«Consideraría mi vejez redimida si mi audición volviera, ya que la música sería el opiáceo más suave, calmando mis miedos mientras avanzo hacia la muerte».*

Perdió sonidos queridos y compañía

Junto con la música que perdió, había muchos sonidos favoritos, así como eventos sociales y de trabajo que se convirtieron en tortuosos para él.

Ningún sonido es más hermoso que el de la lluvia. Hay veces que puedo oírlo, si uso mi audífono, pero no es lo mismo, por supuesto.*

Aunque la sordera a Buñuel le había afectado durante unos 20 años cuando escribió, en 1963, desde la Ciudad de México, a Guillermo de Torre (dadaísta y ensayista, cuñado de Jorge Luis Borges), era evidente lo cansado que estaba con la lucha por oír:

Nunca acudo al teléfono y, esa vez que lo hice, me occurió lo que siempre temo. No entiendo los nombres propios y mi interlocutor cree que gritando podré captarlos. Tarea inútil. Lo que me pasa es que comienzo a angustiarme, mi asociación de ideas se dispersa y llego casi a un estado de obnubilación. Tu nombre me sonaba así: Yerma de Sorra (convierto las t en s y viceversa).**

Rechazaba invitaciones, como una de 1966 para visitar la casa de campo del aclamado periodista y escritor de cine Georges Sadoul:

El 24 de octubre de 1966
Voy a dejar pasar unos días, porque los domingos me quedo solo en mi habitación, para que mi abonimable oído descanse del alboroto diario.
La batalla mental que implicaba mezclarse con las multitudes hizo que Buñuel cancelara incluso salidas tan importantes como la recogida de premios, como el 29 de agosto de 1969, cuando informó al director del Festival de Venecia, Ernesto Laura:
«Desde hace días, me siento sometido a una desagradable tensión nerviosa que afecta, sobre todo, a mi oído. En estos momentos he perdido prácticamente mi facultad auditiva. El médico dice que, tras unos días de tratamiento, debe poder solucionarse, de forma relativa, pues desde hace tiempo estoy mal de oído: en estas condiciones sería muy arriesgado para mí tener que hacer frente a las citas, conversaciones, entrevistas, etc., a las que se me solicite. Por este motivo, y con verdadera pena, debo renunciar a mi viaje a Venecia».

Frustración y aislamiento

Una carta de la nueva publicación de Bloomsbury muestra cómo Buñuel se vio afectado por la pérdida de audición en sus primeros años, pero luego fue capaz de ser bastante frívolo al respecto.

A Gustavo Pittaluga (compositor de muchas de las bandas sonoras de Buñuel)
Ollibood [Hollywood]
15 de febrero de 1945
Excuso decirte lo sano y guapo que me hallo. Mi única rémora es la sordera, que, si sigue así, me hará pronto componer la patética [sinfonía] y pintar una serie de caprichos.
En 1964, en una carta de la Ciudad de México al productor de cine francés Pierre Braunberger, Buñuel admitió ser «esclavo de mi sordera». Cinco años más tarde, a su amigo y guionista Jean-Claude Carriere, en sus líneas plasmó el aislamiento que su sordera le había causado:
Almuerzo aislado de los demás, ceno en solitario, y me acuesto a las 8:30, todo condicionado por mi sordera.
Ya sin frivolidades al mencionar su sordera, se quejó en una carta de 1972 al novelista mexicano Carlos Fuentes:
«A sus órdenes, aunque mi vida recoleta me prohíba ciertos excesos. Me levanto a las 6:30 y me acuesto lo más tarde a las 9:00. Tengo que ver a mucha gente y mi tensión nerviosa, al terminar el día, es muy desagradable. Sordera puñetera»..
Y a solo cinco años del final de su vida, su humor sobre el tema se volvió tan seco como sus queridos martinis:

A Eduardo Ducay
Ciudad de México
17 de abril de 1978
«Además de sordo, pronto imitaré a Goya llevando dos pares de gafas. Esto me aísla bastante y mi solo consuelo es el dry martini que momentáneamente me lleva a tiempos juveniles».

Martini o no (y el director tomaba solo uno, religiosamente, todas las tardes, para encender su imaginación) el sufrimiento que Buñuel experimentó por haber perdido su audición está muy claro en sus cartas. Los profesionales y expertos en audición saben mejor que nadie lo desorientadora y cansada que resulta esta pérdida para quienes deben soportarla.
El profesor Kevin Munro, director (de investigación) del Centro de Audiología y Sordera de Manchester (ManCAD) está de acuerdo en que evitar las noches de gala y las personas que hablan una variedad de idiomas, así como comer aparte, son reacciones normales y comprensibles de los pacientes con pérdida de audición ante situaciones difíciles.

Dado el testimonio de Buñuel sobre las molestias que experimentó, la afirmación en la introducción de la nueva colección de correspondencia de que Buñuel «usó su sordera como comodín para librarse de encuentros públicos» no debe tomarse demasiado literalmente. Incluso si, al principio de sus conversaciones con el novelista Max Aub, confesó que «no es necesario que alces la voz; con el aparato oigo bien», la realidad de la situación de Buñuel sale reforzada repetidamente en las cartas de este libro. La pérdida de audición es desalentadora.

En «Mi último aliento», el anciano director rumiaba: «Incluso hoy, a veces me pregunto si es verdad que los ciegos son más felices que los sordos. Tiendo a pensar que no, pero una vez conocí a un extraordinario ciego llamado Las Heras que había perdido la vista cuando tenía dieciocho años y había intentado muchas veces suicidarse».

La imaginación surrealista, ¿y una posible causa de su pérdida de audición...?

Como todos los surrealistas, la obra de Buñuel se centró fuertemente en los datos de los sentidos y cumplió la misión iniciada por el poeta del siglo XIX Arthur Rimbaud: el la «derangement of the senses» («el desorden de los sentidos»). En su película «Tristana», de 1970, el espectador se ve arrastrado a escenas con personajes sordos mediante el uso del repique exagerado de campanas o chorros de agua, todo metáforas de los sonidos distorsionados que experimentaba el propio Buñuel. Sus películas a menudo agrandaban los sonidos o jugaban con el habla, como hacían con los datos visuales.

Las imágenes de su infancia en Aragón se mantuvieron con fuerza en la imaginación de Buñuel a lo largo de su vida, aunque muchas aparecieron en sus primeras obras. En una aguda carta de 1929 a su amigo estudiante de la famosa Generación del 27 José Bello, menciona el título del libro que pretende publicar -«El perro andaluz»- «lo que nos hizo a Dalí y a mí mearnos de risa cuando se nos ocurrió», enviando a Bello su poema, «El arco iris y la cataplasma», que contiene los versos:

Dentro de unos instantes vendrá por la calle
dos salivas de la mano
conduciendo un colegio de niños sordomudos.
¿Sería descortés si yo les vomitara un piano
desde mi balcón?
En la obra maestra del cine de Buñuel y Dalí de ese año, también llamada «Un Chien Andalou», el piano se había convertido en dos pianos que contenían burros muertos y en descomposición. Un año más tarde, en «La edad de oro», el ataque de celos del protagonista se acompaña de una banda sonora de tambores rituales de Pascua del pueblo natal de Buñuel, Calanda.

Utilizó los tambores varias veces en sus películas. «En ningún sitio se golpean con un poder tan misterioso como en Calanda, sin pausa desde el mediodía del Viernes Santo hasta el mediodía del Sábado Santo. Hasta hace poco, yo mismo tocaba a menudo los tambores», confesó en su autobiografía. «Cuando la campana toca la hora del mediodía, los tambores repentinamente se callan, pero incluso después de que los ritmos normales de la vida diaria se restablecen, algunos aldeanos todavía hablan de una manera extrañamente titubeante, un eco involuntario de los golpes de los tambores».

También hay otro aspecto que tener en cuenta en esta parte de la biografía del genio, su audición. En el libro de Matthew Lau «Sounds Like Helicopters: Classical Music in Modernist Cinema» (La traducción sería algo como «Suena a helicópteros: música clásica en el cine modernista»), el autor cita una entrevista con Buñuel que refleja cómo fue abandonando gradualmente la música no diegética (que no aparece en la película) en sus obras, citando al maestro: «Me gusta el sonido natural. Una cremallera, un vaso sobre una mesa. No puedo soportar la música puesta en una película por más tiempo. Tal vez sea porque soy sordo».

*Mi último suspiro
**Luis Buñuel-A Life in Letters (Correspondencia escogida)

P. W. y J. L. F.